Los tres tipos de idea suicida
Hola.
Esto no pretende ser un desahogo ni un grito de auxilio ni nada así, sino una reflexión.
Aunque últimamente he estado pensando en el suicidio, no tengo ninguna intención ni ningún plan de terminar con mi vida, ni estoy tan mal como para realmente querer morir. La verdad es que me sigue dando miedo la muerte: no la deseo, y si la deseara no tendría la valentía como para matarme. Aclaro esto porque no quiero provocarle preocupaciones innecesarias a nadie. Estoy bien, a salvo y fuera de peligro.
En resumen, lo que voy a exponer a continuación son pensamientos. Ideas que han aparecido en mi cabeza y en las que he notado un patrón que me ha parecido curioso. Nada más.
Todo el texto de esta entrada lleva una TRIGGER WARNING enorme, básicamente por lo que dice en el título. Me la sudan olímpicamente las trigger warnings, pero habrá quien las aprecie, así que ahí la dejo por si acaso.
Dicho esto, empecemos.
Hay tres tipos de idea suicida: la típica del "todos me querrán", o, en otras palabras, la fantasía de ser llorado/a, echado/a de menos, o recordado/a con infinito cariño; la fantasía de suicidarte, de tal modo en tal sitio etcétera, y, finalmente, la fantasía algo más abstracta (aunque no por ello menos preocupante o angustiante) de desaparecer o dejar de existir o dormir eternamente.
El primer tipo es la idea de "todos me querrán". Ridícula, pueril... pero inevitable, aunque es cierto que, con los años, la he ido teniendo cada vez menos.
Y, sí, antes de que lo digas, sí, lo sé. QUÉ ME IMPORTA LO QUE DIGA LA GENTE SI VOY A ESTAR MUERTA Y NO ME VOY A ENTERAR. Lo sé, ¿vale? Lo séeee.
No negaré que de vez en cuando me monto mis películas, pero que éstas se traten de mi funeral o de la reacción de ciertas personas a mi fallecimiento no es algo común, y cuando ocurre suele pasárseme rápido y no tiene un gran poder sobre mí. Viene y se va como un glitch parpadeante; su vida media es del orden de minutos. Ha habido épocas en las que las ideas de este tipo eran mucho más frecuentes en mí; ahora mismo se manifiestan de manera fugaz en los momentos en que algo o alguien me hace pensar, resentida:
Espero que Fulanito me eche de menos cuando esté muerta.
Espero que llore mi muerte.
De hecho espero que todos lloren mi muerte.
Lamentarás haberme fallado / haberme hablado así / no haberme tomado en serio.
Etcétera etcétera.
Sobra decir que este razonamiento es egocéntrico y victimista a más no poder. Egocéntrico porque pretendes ser el centro del universo, que todas las personas dejen lo que están haciendo para pensar en ti, en tu complejo mundo interior, en tu genialidad y tu maravillosidad como ser humano, que se pasen las noches en vela pensando en ti, que la magnitud de tu sufrimiento les rompa el alma; y victimista porque pretendes que se sientan mal, que se flagelen, que se odien a sí mismos por no haberte tratado mejor o lo que sea.
Esto no significa que, si experimentas este tipo de idea suicida, seas una mala persona o algo así. Pero, si empiezas a regodearte mucho en las lágrimas y el duelo de amigos y conocidos, tal vez podrías preguntarte por qué. ¿De dónde surge ese resentimiento que te hace soñar despierto/a con sembrar dolor y sufrimiento en tus seres queridos?
¿Por qué te pasas la vida diciendo que estás genial y que todo te va bien, que esta cosa que te acaba de destrozar por dentro no es para tanto... y después te enfadas cuando la gente se lo cree?
¿Por qué te quejas de que nadie te escucha cuando eres tú mismo/a quien se niega a abrir la boca?
En fin, es una reacción pavloviana al no sentirme apreciada o correspondida en un momento específico. No tiene mayor misterio.
El segundo tipo de idea suicida es en el que visualizas, paso a paso, los detalles de tu propia muerte... y lo disfrutas, o, al menos, no te parece mal. Si te angustia o te da miedo (por ejemplo, cuando ves pasar un coche e imaginas, involuntariamente, tu cráneo aplastado bajo la rueda), eso ya sería otra clase de pensamiento, una que también he tenido, pero que no entra en el tema de esta publicación.
Este pequeño poema que escribí el otro día puede servir como ejemplo (nótese la total indiferencia con la que se narra el proceso de la muerte):
A veces imagino
Que me trago
La cuchilla:
Se parte
Mi lengua,
Se llena de sangre
Mi garganta,
De rojo silencio
Mi boca
Que nunca más
Volverá a abrirse
O sonreír.
O éste, más sentimental (nótese la estructura epistolar copiada del game over de The Binding Of Isaac):
Querido diario,
hoy morí.
Decidí dejar que brotaran
las amapolas
de mis muñecas,
de mi cuello,
de mi lengua
silenciosa.
Me hundí
en el agua
de la bañera.
Me fui
a dormir
para siempre.
Fue bonito mientras duró.
Atentamente,
Amélie.
O esto que escribí en las notas del móvil, en la cama, agotada tras un largo día de clase y estudio y programar esta página:
En el momento que dejo de distraerme, vuelvo a encontrarme mal. Vuelvo a querer cortarme la muñeca y quedármela mirando como atontada mientras sangra y se vacía. Joder joder joder
Posiblemente este tipo de idea suicida sea, a priori, el más difícil de explicar.
Por un lado hay algo muy tranquilizador en la idea del suicidio; saber que siempre tendrás esa opción, por mucho que las cosas puedan empeorar, por mucho que tu vida pueda caerse a pedazos, es un gran consuelo; pensar que tienes la capacidad de irte en cuanto quieras, que nada ni nadie podrá hacer que te quedes en este mundo ni un minuto más de lo que estés dispuesto/a a tolerar. Aun cuando todo va bien, esa opción permanecerá ahí como una estrellita en tu cielo; no tienes por qué usarla nunca, simplemente saber que está ahí lo hace todo un poquito más fácil.
(Del mismo modo, sentir que no tienes esa opción, que es lo que me pasa a mí porque en el fondo me da miedo morir y soy plenamente consciente de ello, puede ser aterrador, como si estuvieras a merced del destino o algo así... pero bueno, eso es otro tema)
Tal vez también hay un cierto ligerísimo componente de querer ser especiales. Ya sabes, morir joven y guapo/a sin haber tenido nunca dolores lumbares o sobrepeso o demencia o todas esas cosas nada elegantes que suelen venir con la edad.
Ahora bien, ¿qué es lo que nos hace obsesionarnos con una forma específica de morir? ¿Connotaciones culturales? ¿Estética? ¿Imitación? ¿Simple pragmatismo? No lo sé.
En mi caso, puede que tenga algo que ver con la autolesión. Aunque ya no hago eso (tiré mis cuchillas hace un par de meses), bueno, digamos que es algo que nunca te abandona del todo. En mi cabeza sigue habiendo una especie de anhelo de violencia, un vínculo entre dolor y desahogo. Supongo que de ahí nacen esas fantasías de desangramiento que me han estado viniendo a ráfagas.
Hace poco se graduaron varios de mis compis de la universidad, gente que tiene mi misma edad, que entraron el mismo año que yo, con quienes coincidí en clases y laboratorios; ver eso en redes sociales al día siguiente me deprimió, me hizo querer cortarme las venas. Algo similar pasó al asistir a la defensa del TFG de un compañero; tuve que meterme en la cama nada más llegar a casa, me encontraba fatal, no sé por qué. Ese día me alegré sinceramente de no tener cuchillas.
Me autolesioné varias veces durante el verano, una de las cuales resultó en una herida algo profunda que necesitó puntos (y que aún no ha cicatrizado del todo). Llevo desde entonces pensando en ella, y a veces no puedo evitar darle vueltas a la amarga incógnita de por qué... por qué paré, por qué no me corté más profundo... o, peor: ¿por qué no me corto más profundo?
(Porque en verdad no quiero, así de simple. Porque en el fondo estoy bien y todo esto no es más que drama y escapismo.)
El tercer y último tipo de idea suicida es la dulce y espesa fantasía de dormir y no volver a despertar.
No creo que requiera mayor explicación; seguro que la conoces bien. ;)
En los últimos meses ha habido momentos en los que algo ha herido mi sensibilidad, o me ha dado un bajón sin motivo aparente, y he terminado llorando como una magdalena, hasta el punto de tener que tomarme un ibuprofeno porque no podía dormir de tanto que me dolían los ojos. Esos disgustos me han dejado con tal agotamiento y malestar que no he podido pensar en otra cosa que en esto de desaparecer.
Aparte de eso, pues la desmotivación de siempre. Abrir los ojos a las seis y media de la mañana y pensar que qué puta mierda estar despierta otra vez.
Pero al final me sigo levantando, sigo yendo a trabajar y a clase, sigo obligándome a comer aunque no tenga hambre, así que bueno. Tan malo no será.
Todo esto demuestra lo fácil y carente de problemas reales que es mi vida, el hecho de que pueda permitirme estar así de triste por algo tan trivial como mis frustraciones académicas, románticas o existenciales. En cierto modo es una suerte, ¿no?
Si quieres, puedes contarme qué te ha parecido mi teoría. ¿Tiene algún sentido este texto? ¿Te ha resultado, al menos, interesante? Ya me dirás.
Esto ha sido todo por ahora, disfruta la fruta o como se diga.